Nocturno de Chopin



Música. Solo escuchaba música, que inundaba todo y difuminaba mis pensamientos. La música era triste, podía sentir como me rompía el alma, como la enviaba a un abismo y la destruía, la quemaba, la consumía. Luego con suavidad volvía a construirla, con la única intención de volver a deshacerla. Hacía mucho tiempo que la escuchaba. Ya no podía recordar cuanto, ¿una hora? ¿una vida?

Mis músculos estaban dormidos. El movimiento era imposible, y el esfuerzo, inútil, completamente sofocante. No podía despertar, no estaba durmiendo. Tampoco podía dormir, porque no encontraba mi consciencia. Simplemente me mantenía catatónico en ese estado de trance, sin poder hacer nada, excepto escuchar la música eterna, que sonaba sin pausa más que para volver con más fuerza.

No hacía calor en mi “lugar”. No hacía frío. En realidad no podía percibir si hacía una cosa u otra. Al abrir los ojos, era como si estuviesen cerrados, cerrados por siglos, y no podían ver. Los moví a mi alrededor, buscando imágenes. Todo aquello era una penumbra, una masa sin forma.

Entonces pude ver una luz. Era brillante, inundaba cada rincón y llenaba de  colores todo aquello que me rodeaba. Brincaban los amarillos, refulgían los rojos y estallaban el verde, el naranja y el violeta. La luz se movía. Bailaba, revoloteaba por todas partes. Como un fuego fatuo, una llama en el agua moviéndose al vaivén de las ondas. Con la luz venía otra música, diferente, majestuosa. Era imponente como trompetas y delicada como violines. Me acerqué a la luz: ¡Podía moverme!

Con dolor  extendí  mi mano entumecida, para intentar alcanzarla. Era cálida, y entonces descubrí que yo mismo estaba helado. Cada vez con un dolor más intenso, me estiré un poco más. Casi logro tocarla. Pero la luz se asustó. Por el frío o por la oscuridad o por mi ímpetu, nunca lo sabré. Se fue haciendo menos brillante mientras se alejaba. Ya no escuchaba las trompetas. La penumbra volvía, y el último destello desapareció en la distancia, donde pude ver una silueta horrenda que se acercaba a mi luz. La silueta la tomó y se alejó.

Escucho música. Una música triste que no termina.

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Fantasía Microsoft



El veloz murciélago hindú comía feliz cardillo y kiwi. La cigüeña tocaba el saxofón detrás del palenque de paja.

El feroz cocodrilo bailaba al son de la melodía que la cigüeña producía, mientras que en el lago, las ranas saltarinas se decían cosas al oído. Bajo el árbol de naranjas oscilaban las luciérnagas, danzando de aquí para allá rápidamente, como veloces helicópteros.

Los lobos aullaban a la Luna, aunque todavía era de día, mientras que el león retozaba sobre un montón de hierbajos secos, contemplando al rebaño de jirafas que corrían para protegerse de los mosquitos. Éstos volaban en formación de combate, aguijoneando a las jirafas, hasta que finalmente un mono les hizo huir amenazándoles con un espino. Las ardillas voladoras planeaban velozmente junto al murciélago hindú, que ya había terminado su comida, entre las ramas de los baobabs y las palmeras siberianas.

Cayó la noche y la cigüeña terminó su canción. Los lobos ahora aullaban a la Luna con razón. Todos los animales se fueron a dormir, a excepción del murciélago hindú, que ágilmente revoloteaba por doquier.
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Pequeñas tragedias



-¡Ya no puedo soportarlo más! ¡No puedo! Oh, pobre de mí. La vida no ha hecho otra cosa que traerme desgracias. Vivir ahora carece de sentido, ahora que mi gran amor se ha ido con aquel ser tan despreciable. Soy el hazmerreír de todo el mundo, mi dignidad ha sido pisoteada, mi masculinidad insultada… Esto no puede continuar. Mi vida no puede continuar, no puedo vivir sabiendo que hice lo que hice, que todo mi ser ha sido destruido, y que no me queda nada. ¡Adiós, oh mundo malvado y ruin! ¡Adiós, degenerado Universo, que te enorgulleces de hacer de mí una masa informe de sufrimiento y pasiones destruidas! ¡Adiós! ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
El piojo se subió a uno de los pelos que le sobresalían más a Nathalie. Dijo su lamentable discurso, y se lanzó, precipitándose aceleradamente hacia el suelo. Por supuesto, a excepción de mí nadie lo notó. Pude ver como el piojo caía y caía despacito, frenándose por la resistencia del aire. Finalmente, tras casi medio minuto, golpeó el piso, y su pequeño cuerpecito se rompió, matándole. Pude oírlo gritar hasta quedarse sin aliento varias veces en ése tiempo, con su vocecita de piojo:
-¡Aaaaaaaaaaahhhhhhhh! –Exclamaba. Luego, una inhalación profunda, y continuaba con otro gritito-¡Aaaaaaaaaaaaahhhhhh!  –una y otra vez.
No obstante el dramatismo y el sentimiento de las palabras del piojo, él mismo era tan pequeño y tan poco notable que no me importó ver el pequeño punto gritando y cayendo hacia una muerte segura. Pude haberlo impedido, pero lo diminuto de su tragedia me parecía tan absurdamente insignificante, que no quise moverme. Además estaba ocupado, cocinando.
-¿Qué miras? –Preguntó Nathalie. –Nada. –Dije, y seguí cocinando. El punto en el piso no se movió.

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